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24 may 2009

Palabras para algo más que un dolor

Tal vez sólo es posible que podamos amarnos
mientras que dura un beso
o si se quiere una ardentía
que, poco más o menos, es una lástima de incendio,
quizá una lágrima de incendio,
y no puede vivir sino acabándose,
como la duración de una palabra sólo nos dice su verdad
cuando está terminada
y deja su memoria en el oído.
Tal vez tengo un cansancio dirimente
y he llegado hasta ti como el náufrago si le empujan las olas
puede llegar hasta la playa,
y he comenzado a andar con unos pasos tartamudos
hasta quedar extenuado,
y esto es ya como ver la espalda al día,
esto ya no es amar sino caer,
seguir cayendo sobre tu cuerpo como la noche cae en el
mundo,
mientras siento crujir mis huesos y mis besos.
Tal vez es cierto y sin embargo es triste
que nuestro amor sólo puede durar mientras que dure
un beso,
pero al besarte el tiempo se establece,
y tu cuerpo comienza a ser una pregunta,
cada una de tus manos tiene su gesto propio,
y el mirar de tus ojos empieza a conjugarse en voz pasiva.
Así me voy llenando de música y de tiempo,
y la música es sed,
y la sed es tan corta que tiene que nacer continuamente
como nacen mis ojos cuando el vestido empieza a resbalar
sobre tus caderasy aparecen tus hombros soleados,
tu momentánea piel,
y tu cuello de miel agonizante,
y tu cintura que es de agua,
y recorro, una vez y otra vez, el corto territorio de tu
vientre,
con un mirar infinitesimal,
con un encendimiento que cada vez se hace mayor
y que al fin se convierte en bautismo
sobre un pecho pequeño que cabe en un dedal
y unas rodillas fuertes y despiertísimas que alguna vez como
las nubes tienden a separarse,
y las manos te nacen de repente igual que brota un
manantial,
y las caricias vienen del origen del mundo,
ya que cuando se ama
todo el cuerpo termina siendo labio.
Y no puedo olvidar que esto es un premio,
amiga mía,
un premio que me han dado para identificarme con la nieve,
mientras te miro
y se borra poco a poco tu rostro como se empañan los
cristales
pues estoy atendiendo a otro diálogo,
y este diálogo es una lágrima que tengo ya en el ojo,
puesta a puntoy nunca acaba de caer,
y se va convirtiendo en araña,
y siento tu temblor,
su velludo temblor parpadeándome,
y es un poco de miedo
o una embolia
que toca con su hielo esta vida que es mía
y la contabiliza, hora tras hora, como se cierra un inventario.
Y esto no es doloroso,
amiga mía,
esto es así,
como una mano que te agarra por dentro
pensando en que la carne se encienda sin arder,
y la demora se convierta en culpa
y el beso que te doy deje de ser una caricia
y sea más bien una pregunta,
esa pregunta destituyente
que no me atrevo a hacer sino en tu boca,
pues todo lo que soy depende de ella,
depende de saber que nuestro amor pudo resucitarnos
-ésta fue su misión y la ha cumplido--
pero
sólo puede durar
mientras que dura un beso.
Luis Rosales

25 feb 2009

La escarcha mutua (Luis Rosales)


¿No piensas tú que todo ha sido un sueño,
pues no es posible que sea real esta ventura infinitiva
que nosotros tenemos,
y llena nuestras vidas igual que el aire llena una habitación,
sin dejar un vacío,
ni una sombra de nieve en nuestros labios?
¿No piensas tú que las imágenes del sueño son migajas de
ayer,
humo que se deslíe de unas sombras
que hemos vivido en otro tiempo,
y tal vez
con distintos amantes que van superponiéndose en nuestros
ojos
como el tronco de un árbol se hace con diferentes capas de
madera?
¿No piensas tú que los amores que tuvimos,
los amores que hemos ido enterrando al largo del vivir,
se interfieren entrelazándose
y a veces son lianas de apretura y verdor
y a veces son de escarcha mutua?
Cuando te veo reír hay ocasiones en que no sé por qué te ríes,
por quién estás riendo,
y algunas veces,
de igual modo,
cuando se sobreponen nuestros cuerpos,
se me empaña la vista
ya que para llegar hasta tu origen
tengo que compartirte
-lo sé muy bien sabido-,
tengo que compartirte con distintas personas,
tus padres, tus amigos, tus amantes,
y sufro
y no me importa
porque tengo que hacerlo,
es necesario,
amiga mía,
lo mismo que al entrar por vez primera en una casa donde
vas a vivir,
los ojos agolpados se quedan huérfanos de nacimiento
pues necesitan ver lo que no han conocido,
lo que no he conocido de tu vida anterior
y tengo que hacer mío pues ya me constituye por amarte.

La vida es una herencia sucesiva
y yo sé que he heredado tu cuerpo,
tus palabras,
tus sombras,
y por eso cuando estoy a tu lado
siento a veces una habilitación desconectada como si me
movieran las raíces,
pero siento también una alegría hecha de imágenes
superpuestas
que se organizan en mi memoria como un collage
y esto suele pasarme entrando en nuestra casa,
pues entonces recuerdo
que hemos vivido anteriormente
-¿con quién lo hemos vivido?-,
muy quietecitos en un diván
ligeramente verde y ahora estoy viendo otro ligeramente
gris,
y los colores se confunden en mi retina,
y el tiempo se convierte en un hotel con las habitaciones
incomunicadas,
pues recuerdo,
y nunca dejo de recordar,
que nosotros hemos estado muy quietecitos y muchas veces
en una casa ajena y con jardines que era una prohibición,
una casa con discos en las sillas y cartas de navegar en las
paredes,
y en ella era imposible naufragar,
y nunca naufragamos,
ni podíamos hacerlo puesto que en el diván ligeramente
verde
siempre estábamos saludándonos como los barcos se saludan
en la lejanía,
y tú me hablabas a todas horas del mismo tema
pues el dolor es igual que el invierno,
y las palabras se iban quedando quietas en tu boca,
quietas y diluyéndose
como las flores en un vaso.

Hay nombres que es difícil recordarlos
y nombres que llevamos con nosotros como se lleva un traje,
pero no debes olvidar que aquellos días eran de luto,
y así empezó nuestra ventura,
esta ventura un poco amordazada
que tuvo nombre ajeno en su partida de bautismo,
¡no puedes olvidarlo!
no puedes olvidar que la fidelidad a una agonía
hizo que nos amáramos de una manera extraña
igual que la respiración se convierte en silencio junto a una
cama de hospital.
La muerte todo lo hermosea
y el luto iba creciendo entre nosotros,
creciendo y habitándonos,
y nuestros ojos se coagulaban al mirarse
porque durante mucho tiempo, amiga mía, fuimos los brazos
de una cruz.
Así tenía que ser
ya que lo verdadero es como un río
y el agua va tomando la forma de su cauce;
así debía de ser
ya que lo verdadero es como un molde
que da su forma a todo lo existente
¡y hay tantas cosas en la vida que se viven así desde un
hueco anterior que las sitúa
y les da su lugar en la tierra!
y hay tantas cosas nuestras que nacieron de un hueco,
y no sé si han pasado, ¡no lo sé!,
pues sólo tú puedes decirme
si hay algo entre nosotros que no ha nacido para morir
y es perdurable,
lo mismo que ese nombre o ese hombre que dio su forma
a nuestro amor
cuando sólo era un hueco bajo tierra,
esto es: una verdad,
que aún dice sus palabras en nosotros,
que aún vive, pero sólo entre nosotros, para siempre jamás.
.