27 ago 2009

Exemplum virtutis (dulzura romántica del sentimiento de la muerte)

Lucrecia, la dama romana que elevó la virtud hasta el delirio: “Aunque me absuelgo de culpa no me eximo de castigo”.
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A continuación, fragmentos de “La vida y la obra del escultor neoclásico catalán Damià Campeny i Estrany”, de Carlos Cid Priego y Anna Riera Mora.


Damià Campeny realizó esta escultura, su capolavoro, durante su pensión en Roma, en 1803, a sus treinta y dos años de edad y por lo tanto en su plenitud de su vida y su arte, el período neoclásico que fue el mejor de su carrera. Aunque hizo otras obras de mucho mérito, ninguna la superó y desde que la terminó hasta hoy sus nombres permanecen unidos. Campeny es por antonomasia “el autor de Lucrecia”. (…)

La obra, algo mayor que el natural, representa a la dama desplomada en una silla curul, copia arqueológica de las antiguas, que se apoya en un basamento rectangular. Descansa inerte, ligeramente desplazada hacia delante, los muslos y las piernas se separan algo del mueble y los pies, calzados con sandaliasd antiguas, reposan en un recrecimiento del basamento. Junto a uno de ellos está el puñal del suicidio, sin manchas de sangre, lejos de las manos y lo más distante posible de la figura, queriendo paliar el suceso en lo posible. El brazo derecho se flexiona y apoya el antebrazo y la mano en el muslo. El brazo iquierdo pende libre casi vertical.
Es una figura desnuda y vestida a la vez. Los paños, que se suponen parcialmente desgarrados, están compuestos con elegante disposición. Descubren el cuello, la mayor parte del pecho, el seno derecho completo, buena parte del izquierdo y un hombro. La túnica deja visibles los brazos desde algo más arriba de los codos. Todo lo demás queda semivelado, ya que la técnica de paños mojados de tradición praxitélica cubre el cuerpo sin ocultar nada de su belleza. Tanto los pliegues que se ciñen como las cascadas de tela que cuelgan a los lados son una delicia de ritmo armónico, como lo es también el cuerpo, que marca una cadencia doblemente curvilínea en S desde la cabeza pasando por el brazo y un muslo hasta los pies. Es una de las máximas aproximaciones de la escultura a la musicalidad melódica.
El cuerpo es anatónicamente el de una mujer en su plenitud. Alcanza el punto de gracia en que se han rellenado las angulosidades nubiles, sin que el triunfo de las carnes turgescentes conlleve el más mínimo atisbo adiposo.
El rostro, encuadrado por el cabello “sabiamente descompuesto”, es helenizante, aunque la contemplación prolongada parece sugerir el de una persona real vista a través de su idealización. La herida mortal está en el lado izquierdo, algo alto para alcanzar el corazón, sin duda por no estropear la belleza del seno. Es un corte pequeño y limpio del que manan unas pocas gotas de sangre. Campeny evitó los aspectos cruentos de la muerte violenta. Los ojos casi cerrados, la boca ligeramente entreabierta, expresan el último suspiro, pero la expresión es de inmenso y tranquilo reposo. En Lucrecia todo es euritmia, placidez, dulzura, paz y belleza. (…)


Campeny evitó la fealdad de un cadáver caído, prescindió del charco de sangre, compuso a la difunta con armonías curvilíneas casi musicales. Y aunque Lucrecia fuera símbolo de la honestidad heroica del autosacrificio, no evocó ese recato mientras se desplomaba: al contrario, la transparencia de los paños, el pecho y el seno descubiertos, indican poca preocupación en este aspecto. Moral rígida y tolerancia, virtud y pecado eran un juego típico de la sociedad de la época, que el arte reflejó con frecuencia. La Lucrecia es estética, forma pura, belleza, pero también fino erotismo como perfume delicado, etéreo como el pensamiento, erotismo intelectual de fría piedra, pero erotismo al fin. Lucrecia se hizo con amor. (…)

Son clásicos el cuerpo dulcemente redondeado, el desnudo, los paños mojados, la armonía de los pliegues, la expresión de paz, silencio y reposo después de la vida, el poético éxtasis libre de truculencias. Quizás alguien podría ponerla como ejemplo del “frigorífico erótico” del que se ha acusado al Neoclasicismo, pero sus cualidades románticas superan la frialdad: honra rescatada con el suicidio, la heroicidad de una débil mujer, la tragedia en suma, la tensión de una bella dama en la que juega el equívoco entre suma pureza y hedonismo en la forntera entre el ser y el no ser. Lucrecia es la invitación entre Eros y Thanatos, amor y muerte, el supremo binomio romántico.


 
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2 comentarios:

Diego Jurado dijo...

Impresionante el análisis y la descripción. Me ha encantado. No conocía al escultor. Ha sido un buen descubrimiento. Y la obra es preciosa. El gesto... Me ha dejado boquiabierto.
Mil gracias por el regalo, Mireia.
¿El verano bien?
Un beso.
Diego

Crestfallen dijo...

Celebro que te haya impactado gratamente dicha obra, Diego.
¡Te aseguro que es alucinante verla en directo!
La versión broncínea se encuentra en el MNAC (Museo Nacional d'Art de Catalunya)y te diré más: no está sola... en la misma sala, frente a ella, otra joya de Campeny muy parecida a la Lucrecia: su "gemela" la Cleopatra moribunda.

El verano muy bien, gracias. Muchos cambios, pero buenos :)
Un abrazo!