
Mañana escucharé
el eco de tus pasos
en mi memoria,
no para reconstruirte,
sino para negarle al tiempo
su complicidad con el olvido.
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Como llovizna terca taladrando
tenazmente
la toda sola tarde
se obstina el pensamiento
se obstina el pensamiento
en pensar lo que no es
acaso mínima idea
simiente que ha de crecer
y caer ya deshojable rosa
y caer de nuevo
y otra vez caer
y caer de nuevo
y otra vez caer
como llovizna terca
inundando sólo de la tarde
sola
su tan llovida
totalidad.
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Ven, aún es tiempo de habitar el paraíso,
me dije
cuando en el alma crecía tal deseo
como un rumor de aves:
eran pájaros que no cantaban,
batir de alas en desventura.
Me acerqué a la luz de la conciencia,
Me acerqué a la luz de la conciencia,
no vi nada.
Fui entonces a las cavernas interiores
y pude seguir las huellas del polvo
conduciéndome al olvido,
a la cruel indiferencia.
No dije más.
No dije más.
Comprendí que aquel deseo, mínimo,
era sólo un leve, lánguido rumor.
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